Hay amaneceres que no se ven: se intuyen. Empiezan con una claridad tímida en el horizonte, con el cielo abriéndose en capas y el mar cambiando de tono a cada minuto. Esta foto la tomé al amanecer sobre la playa de El Camello, en Santander, con el dron Antigravity A1, buscando esa frontera exacta entre la noche que se retira y el día que se instala.
Desde arriba, todo cobra otra lógica. La línea de costa se convierte en una guía natural que te lleva desde la espuma del oleaje hasta la curva tranquila de la arena. El roquedo —ese “camello” que da nombre a la playa— aguanta el empuje constante del mar, mientras las olas rompen una y otra vez como si estuvieran ensayando la misma coreografía: fuerza, pausa, y vuelta a empezar.
A la derecha, el paseo y la ciudad se ven ordenados, casi geométricos. A esa hora, el tráfico es mínimo y el paisaje urbano no compite: acompaña. Es un recordatorio de lo bien que encaja Santander cuando el ritmo baja y el sonido principal vuelve a ser el del agua.
Me gusta este tipo de momentos porque duran poco. El amanecer no “posiciona” la luz: la negocia con las nubes, con la bruma, con el mar. Un minuto es azul; al siguiente, el sol enciende una rendija dorada. Y justo ahí, en esa transición, es cuando el dron permite contar la historia completa: cielo, agua, roca y ciudad en una sola mirada.
Si conoces El Camello, seguro que tienes tu versión desde tierra. Esta es la mía, desde el aire: un Santander sereno, enorme, y precioso cuando el día todavía está empezando.




